El
Viejo y el Mar”, novela en inglés, para nosotros una novela corta,
permitió a Hemingway ganar el premio Pulitzer en 1953 y después el Nóbel
de Literatura en el 54. En esta obra Hemingway desarrolla una
complicada trama en la que demuestra una vez más cuán pequeño es el
hombre ante la naturaleza, pero cuán grande es aquel que tiene honor y
dignidad para afrontar las dificultades.
EL VIEJO Y EL MAR - Ernest Hemingway (fragmento)
Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y
hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros
cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de
cuarenta días sin haber pescado, los padres del muchacho le habían dicho
que el viejo estaba definitiva y rematadamente salao 1, lo cual era la
peor forma de la mala suerte, y por orden de sus padres el muchacho
había salido en otro bote que cogió tres buenos peces la primera semana.
Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su
bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o
el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba
remendada con sacos de harina, y arrollada, parecía una bandera en
permanente derrota.
El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte
posterior del cuello. Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel
que el sol produce con sus reflejos en el mar tropical estaban en sus
mejillas. Estas pecas corrían por los lados de su cara hasta bastante
abajo y sus manos tenían las hondas cicatrices que causa la manipulación
de las cuerdas cuando sujetan los grandes peces. Pero ninguna de esas
cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un árido
desierto.
Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el mismo color del mar y eran alegres e invictos.
-Santiago -le dijo el muchacho trepando por la orilla desde donde
quedaba varado el bote-. Yo podría volver con usted. Hemos hecho algún
dinero.
El viejo había enseñado al muchacho a pescar y el muchacho le tenía cariño.
-No -dijo el viejo-. Tú sales en un bote que tiene buena suerte. Sigue con ellos.
-Pero recuerde que una vez llevaba ochenta y siete días sin pescar nada y luego cogimos peces grandes todos los días durante tres semanas.
-Lo recuerdo -dijo el viejo-. Y yo sé que me dejaste porque hubieses perdido la esperanza.
-Fue papá quien me obligó. Soy un chiquillo y tengo que obedecerle.
-Lo sé -dijo el viejo-. Es completamente normal.
-Papá no tiene mucha fe.
-No. Pero nosotros sí, ¿Verdad?
-Sí, dijo el muchacho-. ¿Me permite invitarle una cerveza en la terraza? Luego llevaremos las cosas a casa.
-¿Por qué no? -dijo el viejo-. Entre pescadores.
Se sentaron en la terraza. Muchos de los pescadores se reían del viejo,
pero él no se molestaba. Otros, entre los más viejos, lo miraban y se
ponían tristes. Pero no lo manifestaban y se referían cortésmente a la
corriente y a las bondades donde habían limpiado sus agujas y las
llevaban tendidas sobre dos tablas, dos hombres tambaleándose al extremo
de cada tabla, a la pescadería, donde esperaban a que el camión del
hielo las llevara al mercado, a La Habana. Los que habían pescado
tiburones los habían llevado a la factoría de tiburones, al otro lado de
la ensenada, donde eran izados en aparejos de polea; les sacaban los
hígados, les cortaban las aletas y los desollaban y cortaban su carne en
trozos para salarla.
Cuando el viento soplaba del Este el hedor se extendía a través del
puerto, procedente de la fábrica de tiburones; pero hoy no se notaba más
que un débil tufo porque el viento había vuelto al Norte y luego había
dejado de soplar. Era agradable estar allí, al sol, en la Terraza.
-Santiago, -dijo el muchacho.
-Qué -dijo el viejo. Con el vaso en laa mano pensaba en las cosas de hacía muchos años.
-¿Puedo ir a buscarle sardinas para mañana?
-No. Ve a jugar el béisbol. Todavía puedo remar y Rogelio tirará la atarraya.
-Me gustaría ir. Si no puedo pescar con usted me gustaría servirlo de alguna manera.
-Me has pagado una cerveza -dijo el viejo-. Ya eres un hombre.
-¿Qué edad tenía cuando me llevó por primmera vez en un bote?
-Cinco años. Y por poco pierdes la vida cuando subí aquel pez demasiado
vivo que estuvo a punto de destrozar el bote. ¿Te acuerdas?
-Recuerdo como brincaba y pegaba coletazos, y que el banco se rompía, y
el ruido de los garrotazos. Recuerdo que usted me arrojó a la proa,
donde estaban los sedales mojados y enrollados. Y recuerdo que todo el
bote se estremecía, y el estrépito que usted armaba dándole garrotazos,
como si talara un árbol, y el pegajoso olor a sangre que me envolvía.
-¿Lo recuerdas realmente o es que yo te lo he contado?
-Lo recuerdo todo, desde la primera vez que salimos juntos.
El viejo lo miró con sus amorosos y confiados ojos quemados por el sol.
-Si fueras hijo mío, me arriesgaría a llevarte -dijo-. Pero tu eres de
tu padre y de tu madre y trabajas en un bote que tiene suerte.
-¿Puedo ir a buscarle las sardinas? También sé donde conseguir cuatro carnadas.
-Tengo las mías, que me han sobrado de hoy. Las puse en sal en la caja.
-Déjeme traerle cuatro cebos frescos.
-Uno -dijo el viejo. Su fe y su esperanzza no le habían fallado nunca.
Pero ahora empezaban a revigorizarse como cuando se levanta la brisa.
-Dos -dijo el muchacho.
-Dos -aceptó el viejo-. ¿No los has robado?
-Lo hubiera hecho -dijo el muchacho-. Pero estos los compré.
-Gracias -dijo el viejo. Era demasiado simple para preguntarse cuando
había alcanzado la humildad. Pero sabía que la había alcanzado y sabía
que no era vergonzoso y que no comportaba pérdida del orgullo verdadero.
-Con esta brisa ligera, mañana va a hacer buen día -dijo.
-¿A dónde piensa ir? -le preguntó el muchacho.
-Saldré lejos para regresar cuando cambie el viento. Quiero estar fuera antes que sea de día.
-Voy a hacer que mi patrón salga lejos a trabajar -dijo el muchacho-. Si usted engancha algo realmente grande podremos ayudarle.
-A tu patrón no le gusta ir demasiado lejos.
-No -dijo el muchacho-. Pero yo veré algo algo que él no podrá ver: un
ave trabajando, por ejemplo. Así haré que salga siguiendo a los dorados.
-¿Tan mala tiene la vista?
-Está casi ciego.
-Es extraño -dijo el viejo-. Jamás ha ido a la pesca de tortugas. Eso es lo que mata los ojos.
-Pero usted ha ido a la pesca de tortugas durante varios años, por la costa de los mosquitos, y tiene buena vista.
-Yo soy un viejo extraño.
-Pero ¿Ahora se siente bastante fuerte como para un pez realmente grande?
-Creo que sí. Y hay muchos trucos.
-Vamos a llevar las cosas a casa -dijo el muchacho-. Luego cogeré la atarraya y me iré a buscar las sardinas.
Recogieron el aparejo del bote. El viejo se echó el mástil al hombro y
el muchacho cargó la caja de madera de los enrollados sedales pardos de
apretada malla, el bichero y el arpón con su mango. La caja de las
carnadas estaba bajo la popa, junto a la porra que usaba para rematar a
los peces grandes cuando los arrimaba al bote. Nadie sería capaz de
robarle nada al viejo, pero era mejor llevar a casa la vela y los
sedales gruesos puesto que el rocío los dañaba, y aunque estaba seguro
de que ninguno de la localidad le robaría nada, el viejo pensaba que el
arpón y el bichero eran tentaciones y que no había por que dejarlos en
el bote.